Es innegable que en su momento desde la muerte de demócrata-cristianos y socialistas Silvio Berlusconi, saltó a la política italiana, en un momento donde se estaban descomponiendo los partidos que hasta entonces florecían en las instituciones. Il Cavaliere, se presentó como el novio fiel del poder de la república, que no admitía divorcios y que vendría a reparar los trozos causados por el desastre de un flaco entendimiento. Hizo del poder un escudo infranqueable que le salvase de sus sonados escándalos financieros y de presunta corrupción.
Berlusconi ha usado argumento, que de principio, el ciudadano, no sabe diferenciar si se trata de una broma o bien de una verdad, en cuyo caso, se sonrojará hasta no poder soportar la vergüenza ajena. Acusar a aquellos jueces, que en fidelidad a la neutralidad que su cargo les exige, y que bajo sólidos indicios emprenden acciones contra el primer ministro; acusar a estos jueces de comunistas, por el cotidiano ejercicio de su deber de neutralidad y equidad, no solo roza descaradamente el ridículo, sino que avergüenza a propios y estraños.
Con el poder en la mano, Berlusca, intenta segar la diferencia que separa al poder ejecutivo del poder judicial, con la finalidad de ponerle una correa, y cuando hable de algo que no interese, ponerle un bozal, para lo que a su persona y circulo se refiere, algo que atenta directamente contra la libertad del Poder Judicial y el principio de separación de poderes. La estructura democrática, empieza a crujir.
Por si fuera poco, el espectáculo lamentable que se está aireando en el país vecino, cada vez que su primer ministro, se encuentra con una “ cara bonita”, parece alcanzar una cumbre de encandilamiento, que la retira de su viejo oficio, y la pone en un puesto privilegiado de la lista del partido Il Popolo della Liberta que él preside, como ha sido el reciente caso de la enfermera que le hizo las curas, en su operación de reconstrucción después del atentado sufrido en su ciudad materna de Milán el pasado diciembre, después de un discurso.
Pero lejos de quedar este caso aislado, hay otros y recientes, como la lista de mujeres, todas ellas modelos de pasarela, que el partido del presidente presentó para las pasadas elecciones europeas, que ante el escándalo tuvo que rectificar. Como los dos mencionados, hay unos cuantos más, como el también reciente de la inclusión en las lista, de amigos que acusados de presunta corrupción están a la espera de vistas judiciales pendientes.
¿Qué imagen puede ofrecer el presidente del Consiglio dei Ministri en Europa y fuera de nuestras fronteras con la novela que tiene montada en las instituciones estatales de la república?. Sin duda no es una imagen de seriedad, que me atrevería a decir que hace daño a la imagen exterior de Italia, y que se toman a su mandatario, como un hombre que sabe muy bien dirigir sus negocios, pero que es incapaz de llevar un país, al no saber separar el deber de un presidente de su vida privada, vida, que lejos de ser calificada como personal, está más próxima a lo que cada día los programas rosas nos obligan a tragar.
No me cabe duda, que un país como Italia, se merece otro tipo de trato. No es posible que la corrección aflore por cada esquina, cada vez que el Estado prepare un evento de carácter internacional. No es posible que se destine una cantidad jugosa de millones de euros en mantenimiento y reparación, que acaban abarcando solo unas pocas y habituales empresas, donde los resultados de las contratas, parecen mas bien virtuales. No es posible, que su presidente, se tire de los pelos con su ex mujer a la vista de toda la nación y de toda la Unión, y que afloren las diferencias entre estos, y que surja la oportuna ocasión, para que salgan hasta de debajo de las piedras todo tipo de amantes remuneradas, explicando al detalle lo sucedido. VERGONZOSO!.
Mientras tanto, acusar al poder judicial de seguirle en todos sus pasos y escuchar todas sus llamadas, hasta el punto descontrolado, de acusar a la propia institución que él preside de “ estado represivo policial” es no tener mucha vista.Lo único que está haciendo es dañar la imagen de Italia y mostar a la república como un comedia de vodevil.
Hay que divorciarse de los viejos estereotipos, y preservar al poder judicial como poder independiente del estado, porque de lo contrario, se puede cometer el error de caer seducido ante la tentación de mirar atrás. Acercarse a la historia de un estado totalitario, con una cúpula intocable, es un error que no merece la pena ni detenerse a pensarlo. A parte que sin duda ello, es una invitación a apearse del tren de Europa, error histórico que los ciudadanos italianos no están puestos a admitir.
El pueblo italiano, merece un respeto, merece unos dirigentes que miren por su gente, por sus intereses y por su progreso.